La condesa Olenska
[Viernes, 19 de marzo de 2010] [11.00]
El ser humano posee una tendencia innata y puramente animal hacia la supervivencia. Haya padecido un intolerable dolor, se encuentre terriblemente solo, carezca de brazos y piernas, o se esté desangrando en mitad de la nada, el instinto de seguir respirando permanece. En “La carretera”, el precio que pagan el padre y el hijo por seguir ¿viviendo? es exagerado. Pero a pesar de las dudas y los desfallecimientos momentáneos, siguen caminando hacia un sur abstracto en busca de una esperanza más deseada que real.
La moral es la tercera protagonista de esta adaptación de la novela de Cormac McCarthy, escritor americano digno de ser leído y del que recientemente los hermanos Coen adaptaban la casi perfecta “No es país para viejos”. Una historia en la que aparecía de nuevo la supervivencia, esta vez personificada por Llewelyn Moss, que intentaba escapar del implacable asesino Anton Chigurh.
En “La carretera”, el padre establece dentro del caos una escala de valores para no perder la esencia humana que otros ya han dejado atrás. El niño vive obsesionado con mantener esta bondad, pues sabe que desde hace tiempo camina en frágil equilibrio por la fina línea que les separa del cruel egoísmo de hacer todo lo posible para sobrevivir. Todo.
Es ese niño, sostenido por su padre, quien debe convertirse en ocasiones en el bastón de su progenitor cuando la ética de éste desfallece ante los acontecimientos. El exceso de celo del personaje de Viggo Mortensen provoca atisbos de impiedad que la dulzura del joven sabe frenar.
No hay nombres en esta historia. El padre podría ser el nuestro, podríamos ser nosotros. Una inteligente herramienta para que el espectador-lector se sienta identificado con la historia. Sí resulta esencial el vínculo entre ellos, que justifica el ansia a veces desesperante del padre por mantener a ambos con vida. Sin el chico, él se dejaría morir pero tiene que seguir para enseñarle cómo actuar, cómo luchar cuando él deje de estar a su lado. Y siempre sin caer en las garras de la irracionalidad.
El autor tampoco desea transmitir qué ha destrozado el mundo ni por qué hemisferio o continente vagan sus protagonistas. Todos estos datos, que en las películas de acción al uso serían esenciales, no son necesarios en “La carretera”. La empatía emocional no viene motivada por que el niño se llame Kirk o porque un tsunami gigante haya destrozado California. Por el contrario, estas concreciones podrían alejar al espectador. Aquí, la esencia del ser humano es suficiente para sentirse identificado con esta terrible historia de lucha y sacrificio.
“La carretera” demanda generosidad porque su ritmo es irregular en la primera parte, que en ocasiones es demasiado apagada. Pero estos fallos quedan en un mero recuerdo crítico. El impacto que provoca su segunda parte, cargada de dolor, incomodidad y una cada vez más agónica supervivencia, merece la pena. Afloran las dudas existenciales sobre si esa vida merece ser vivida o si tal vez no sea preferible seguir el camino de la madre -Charlize Theron- hacia la oscuridad del bosque. Un lujoso puñetazo en el estómago que el cine no siempre da.
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Detalles de “La carretera”
La escena más dura: El contenido del almacén que descubren el padre y el hijo en una casa abandonada.
Desesperación: La del hijo por ver a otros niños. No ha tenido infancia, no ha conocido los juegos, no ha sido niño. Sus ojos han visto el ahorcamiento voluntario de una familia, a su padre matando a otro hombre o cómo su progenitor le preparaba para suicidarse en cualquier momento. La ausencia de alegría -que aparece sólo en pinceladas, como el baño en el lago o el búnker lleno de comida- se une a una pesada carga moral que nunca va a abandonarle.
Pésimo: El doblaje de ambos, pero especialmente el del niño, chirriante.
Sufrimiento: El de la madre al dar a luz. No quiere que su hijo pertenezca a un mundo que es un infierno.
Magníficos principiantes: Tanto el protagonista adolescente Kodi Smit-McPhee, con su inocente y aniñado rostro, como el director, pues “La carretera” es la segunda película de John Hillcoat.
Cameos: Del veterano Robert Duvall y del joven Guy Pearce.
De nuevo, Aguirresarobe: Hablar de la fotografía de “La carretera” es una obviedad insalvable. Magníficas imágenes para representar un mundo sin color en el que ni el mar ni el cielo son ya azules.
Ficha comentada
Año: 2009
Duración: 112 minutos
País: Estados Unidos
Director: John Hillcoat
Guión: Joe Penhall. Basado en la novela de Cormac McCarthy
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Reparto:
Viggo Mortensen: El padre que se desvive por su hijo, luchador incansable por mantenerle con vida pues sin el chico, ya no hay esperanza ni motivo para seguir adelante.
Lo conocerán por… Desde luego, Mortensen no será recordado por su interpretación de Alatriste, en esa más que mediocre película de Agustín Díaz Yanes en la que Viggo se empeñó en hablar español... y nadie supo detenerlo. El papel que lo ha grabado eternamente en las retinas tanto de los amantes de Tolkien, en particular, como de las historias inmortales, en general, es el del valiente Aragorn en la trilogía de “El Señor de los Anillos”. Obviando sus ridículamente melosas escenas con Liv Tyler-Arwen, nadie pone en duda que Mortensen estaba destinado para ese papel y que lo bordó. Este actor ha hecho doblete con David Cronenberg en dos buenas películas: “Una historia de violencia”, donde no le dejaban recuperar el sabor de la vida anodina junto con la poco aprovechada Maria Bello, y “Promesas del Este”, un acertado retrato de la mafia rusa con un Mortensen contenido a la par que brutal. Viggo, un hombre renacentista amante de todas las expresiones artísticas -incluido el fútbol-, no se ha librado de su particular lista de bodrios. La inefable “La teniente O'Neil”, donde la guapa Demi Moore le dejaba relegado a un más que secundario plano, o “Psycho”, un remake de Psicosis por el que Gus Van Sant y el resto del equipo -Viggo incluido- deberían haber sido desterrados del universo cinematográfico, son algunos de los errores de Mortensen.
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Charlize Theron: La madre que es incapaz de simplemente sobrevivir. Antes del desastre sin nombre, su hermosura simboliza una existencia hermosamente normal que se ha convertido en un recuerdo demasiado doloroso e incómodo para los dos hombres que dejó atrás.
La conocerán por… Esta hermosa actriz es capaz de llevarse de calle la pantalla con su mera presencia, con una magia comparable a la que manejan Julia Roberts o Natalie Portman. Como suele gustar hacer a las más guapas, ella también se disfrazó de fea para que la Academia le diera su Oscar. Así lo ganó en “Monster”, interpretando a una brusca prostituta y asesina en serie. Theron también dejó de lado su habitual belleza para interpretar “En el valle de Elah”, un alegato antibelicista de Paul Haggis (“Crash”) que pasó demasiado desapercibido a pesar de suponer una buena dosis de cruda realidad y de vidas rotas por la locura asesina de la guerra. Uno de sus primeros papeles sería el de “Pactar con el diablo”, donde sufría las nefastas consecuencias de que su joven esposo (Keanu Reeves) llegara a un acuerdo con el mismísimo Belzebú (con rostro de Al Pacino). Theron ha trabajado en dos ocasiones con el solicitadísimo Woody Allen, primero en “Celebrity” como una modelo demasiado erótica que volvía loco a Kenneth Branagh, y luego en “La maldición del Escorpión de Jade”.
