PAISANAJES Y VIEJAS ESTAMPAS DE TITERROY

 

El torreón de la luz

 

Rafael Fuentes

[Viernes, 4 de diciembre de 2009] [07.00]

 

 

 

 

Hasta mitad de la década de los sesenta del pasado siglo, que se termina de construir y entra en funcionamiento el colegio Benito Méndez Tarajano sobrevolando el cielo urbano del barrio con un bloque de viviendas de cinco plantas, ‘el torreón de la luz' lució durante varios años como la edificación más alta de Titerroy.

El cuerpo de la torre, que se construyó para alojar los mecanismos que dotaban a la población de energía eléctrica, defendiéndola de la oscuridad de los llanos de Maneje, estaba ubicado en el extremo de un vasto y pedregoso descampado que abría el barrio hasta la inmensidad del mar; asomando las casas y el alma de sus vecinos a la singular bahía de Arrecife.

Y, bajando despacio hacia Cuatroesquinas la geografía del sitio se deshacía en andurriales y tierra campa, deprimiéndose entre barrancos y monturros hasta encontrarse con la calle Norte en La Vega.

Años más tarde, aquel terreno enorme y hasta el mismo torreón, terminarían siendo absorbidos por el apresurado desarrollo de una ciudad que también robó a Titerroy sus vistas a la marina.

Primero, la construcción de la barriada ‘Juan Salazar Ortiz' y el ‘Complejo Polideportivo Avendaño Porrúa', y la iglesia de San José Obrero después, delimitó al mínimo el terreno que circundaba la primitiva estación transformadora de distribución de Unelco.

Finalmente, las obras del Parque de Los Leones –que andando la juventud se nos dio en llamar ‘La Paciencia'- acabaron de soterrar el contenido y la función del torreón en su única esquina. La que forma la calle de Carlos III en su confluencia con la de Alcalde Ginés de la Hoz.

Sin embargo, no traigo a estas viejas estampas de Titerroy el torreón de la luz por la importancia de su arquitectura, que aparte de la anecdótica y circunstancial altura no tenía mayor mérito. Tampoco por lo imprescindible de su función, que sí que lo era. Es más, en muchas ocasiones y averías vimos a Rojas y a otros electricistas, de Termolanza primero y Unelco después, afanarse con esmero en su interior hasta alumbrar una pronta y luminosa reparación.

Pero sí golpea y agita el polvo de mis recuerdos el uso o empleo de faro y frontera y referencia, que del torreón de la luz hacíamos todos en el reciente devenir del barrio.

Siendo muy niños, con un “no se te ocurra ir más allá del torreón”, respondido a un “má, voy a asomarme a la cuesta del fútbol”, nuestros padres imponían límites al deambular de la infancia, estableciendo la frontera en el confín de la vieja estación transformadora.

Los viejos, que buscaban en él fresco y sombra, según aconteciera el rigor del clima o de donde soplara el viento, hacían zoco y refugio al resguardo de sus paredes. Sentados ahí, bien arrimadas las espaldas al muro, disponían su socarronería y la calma que da los años para saludar el continuo bajar y subir de la gente. Con ojos vivos y mirada quieta, desde el torreón veían pasar el barrio.

El edificio que guarecía a los transformadores eléctricos también tuvo carácter de punto de encuentro o kilómetro cero en muchas de nuestras correrías. Así que era bastante usual aquellos días decir u oír decir “quedamos en el torreón” o “nos vemos en el torreón” o “te espero en el torreón”...

Entre las piedras que había al pie de su trasera recuerdo haber escondido un impreciso día de 1971 una cajetilla de ‘Nuevo Vencedor', que para empezar a aprender a enfermar de fumar esa mañana había distraído de la despensa a mi padre.

Tiempo después, cuando el crecimiento infantil cambió su plácido rumbo para trasponer hacia una adolescencia incierta, en muchas tempestades juveniles su sola vista en la distancia alumbraba nuestro derrotero hasta ponernos al abrigo seguro de las primeras casas del barrio. Puestas así las cosas, no sonaba raro oír a uno que cuesta del fútbol arriba pregunta a otro “chacho, ¿queda mucho para llegar a Titerroy?”. Y, aquel que contesta “mira, ya se ve el torreón”.

Entre las innumerables anécdotas que conservo sobre el torreón de la luz y el llano aledaño, destaca sobremanera la imagen de una estampa en la que vemos a Monseñor José Antonio Infantes Florido, que fuera obispo de Canarias entre los años 1967 y 1978, y otras autoridades ecuestres y militares, colocar con gran pompa y boato la primera piedra de la iglesia de Titerroy. Al parecer era la primera visita que Monseñor giraba a Lanzarote.

No obstante, la edificación de la Iglesia de San José Obrero no comenzaría hasta los primeros años de la década de los setenta. Los gastos de su construcción serían sufragados por los vecinos. Y, el templo no sería cimentado sobre el sitio en el que Monseñor Infantes Florido enterró la primera piedra.

Precisamente ahí, en el mismo lugar en que Monseñor enterró aquella pesada piedra de la iglesia de Titerroy, es donde andando el tiempo sería soterrado el torreón de la luz. También de Titerroy.

 

 

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