Mare Cabrera
Ilustración: Javier Santiago
[Miércoles, 11 de noviembre de 2009] [10.30]
A estas alturas de mi existencia, donde tengo poco que perder, nada que ganar y menos que compartir, me dispongo a contar cierta etapa de mi vida vacío de arrepentimientos, ya que, para bien o para mal, no fui hombre de elevada conciencia, sino liviana. Pequé de frivolidad.
Casé con una buena mujer, de esas que entendíamos buenas en los años treinta del pasado siglo. Hacendosa, limpia, organizada y decente. Tanto, que su obligación de cumplir con los afectos maritales se le hacían cuesta arriba, siendo dejada y poco complaciente. Ya me avisaron de su extrema religiosidad y devoción cristiana, y no tardé mucho en darme cuenta. Pasaba tardes enteras en misa, hablando con el cura y rezando por la casa. No se despreocupaba de las tareas del hogar encomendadas a la mujer, en cambio, como le hice saber apelando a su fe, porque de otras formas noté que no la convencería, era su santa obligación cumplir con su esposo si éste lo requería, era un deber y si ponía empeño, yo procuraría que fuera placer; pero se sonrojaba y mascullaba frases ininteligibles cuando se me ocurría, desesperado y ahíto, sacar el tema de nuestros fugaces e insulsos encuentros sexuales. Cuando no, se persignaba y daba media vuelta, zanjando el tema dándome a ver sus lustrosas e intocables posaderas.
Paseaba, con pocas cosas en la cabeza, fumando un puro regalado por las calles del puerto. De ciertos instantes uno consigue recordar detalles imposibles, y es ése uno de los momentos que aún hoy, tantos años y asuntos vividos después, parece que saboreo. Evoco aquel puro que me dio mi compadre y el olor a ceba retozando en la orilla que yo no podía ver entre tanta calle estrecha, pero sí escuchar.
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Ilustración: Javier Santiago. |
La puerta estaba entornada. Hacía calor. No era de extrañar que alguna ventana de la casa estuviera abierta para aliviar el sofoco con la corriente. La dichosa puerta no llamó mi atención, pero es cierto que me había quedado mirándola más atontado que interesado, con la vista fija pero aletargada. Poco duró mi estado pues despertó de pronto.
Una jovencita de quince o dieciséis (al menos eso aparentaba) jugaba con el alambre que entornaba la puerta, mirándolo con un interés desmesurado si tenemos en cuenta la vulgaridad del objeto. Cuando me di cuenta estaba observando, cual científico una probeta, la anatomía y ligereza de la jovencita. Al tiempo que ella se apoyaba en el postigo de la puerta y yo me sentía caer por el brocal de un aljibe.
Melena desordenada, ojos de color intenso, piel morena. Me fijé bien, preocupado por si tal tono venía de mezclas y suspiré aliviado al comprobar que el efecto en su dermis se debía únicamente a los tentáculos del sol. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo evitar cursilería si digo que aquella mujer era de todo menos vulgar en su físico? Alejada del murmullo del montón, de curiosas muecas y gestos, no delicados, porque su educación y profesión no lo permitían y en el segundo caso requerían, pero sí brutalmente naturales. Y ahí radicaba lo misterioso de su singularidad, en lo poco obvio de su belleza. No se trataba de la rubia despampanante, la morena agresiva o la pelirroja insinuante. Era todo y nada de eso a la vez. Para nada resultaba necesario mirarla y remirarla en busca de lo armonioso. Era mejor, pues a cada gesto encontraba lo curioso de su ser.
Con semejante alumbramiento inicial no les costará suponer que me las ingenié para tenerla en mi lecho a costa de lo que fuera: sea esposa, hijos milagrosamente concebidos con tan poca y mala actividad carnal, trabajo o amistades, que ya me parecían copiosas. Pero que no lleve a engaño mi pasional y rosa descripción. Yo lo que quería, básicamente, era acostarme con ella.
Ahorraré los detalles de cómo conseguí su cercanía. No fue tan fácil como supuse estando relacionado el asunto con una puta, pero ya ven que las dificultades sólo consiguieron espesar mi ansia y llegar a ella desesperado, excitado en demasía y algo obsesionado, puesto a decir verdad.
El resultado de tal acaloramiento no fue otro que el correrme a una velocidad de marca ridícula. No había notado el roce de su bello púbico en un miembro ensimismado con su descubrimiento, y ocurrió la fatalidad. A lo que siguió una mirada resentida por parte de ella, como la de un gato al que acaricias con obligación y no acude por voluntad. Afortunadamente me controlé los siguientes encuentros.
A diferencia de los meneos con mi señora esposa, en los que permanecía con camisón y calcetines, braga alta y si me apuras faja, la jovencita se desvestía a la primera de cambio y podía embelesarme con sus redondeces y vaivenes cabalgando sobre mi.
Siempre sonrojada, evitando sobremanera que nuestras miradas coincidieran; apagando velas entre suspiros más de alma resignada que de placer, más de sufrimiento que de deleite. Aquella joven del postigo se ensimismaba en el control de su expresión, en la viveza de su contacto, en la fiereza que desprendían sus ojos al mirarme, lenta, pausadamente o rápida y ávida por pedirme y por darme más.
Mi señora esposa, acostada en la cama, olores a jabón lagarto, con el camisón levantado hasta la cadera y las patas -que ya ni piernas eran a mis ojos- escarranchadas, sin ninguna devoción ante mi polla similar a la que expresaba cuando tenía entre sus manos un rosario. Me sentía como un ginecólogo que iba a comprobar lo insano de sus partes, no a socavarlas y disfrutarlas.
La jovencita entregada a la causa, aceptando sin reparo cualquier invento mío de esos que sólo aparecen en momentos de entrega total de los sentidos, cuando la mirada se nubla, la boca se adormece, los gestos y las sensaciones se multiplican y superponen las imágenes que vendrán sin previo aviso a la mente durante el trabajo, en la ducha o en la soledad del paseo matutino.
Mi santa y señora esposa dejó en cierta ocasión que la volteara. Intrépido, arriesgué mi anatomía temiendo un bofetón, a cambio de mis intentos por entrar en ella como nunca se me permitió hacerlo. Cachetón no, pero conseguí una patada que me alejó para siempre y sin remedio de hacer intentos originales con semejante compaña.
Con la jovencita todo eran experimentos y divertimentos, arriesgábamos, jugábamos y nos entreteníamos en lo soturno de su habitación, que se caía a cachos por día, no así mi lecho conyugal, de belleza refinada y sábanas pulcras, pero desperdiciado. Triste es la cama que nunca abraza amantes y se conforma con soñadores.
Ella me miraba como en su día hizo con el alambre que entornaba la puerta, y bien sabía yo que mi vulgaridad era similar a la de aquel objeto, y aunque sólo durara unas horas, fuera y ocurriera previo pago de su importe y compartiera atenciones, me valió y sirvió hasta que ni la pastillita azul ayudaba a enderezar lo marchito. Y hablando de marchito, mi esposa, tan creyente ella, padeció un extraño mal que nunca atinaron en nombrar con firmeza y me abandonó a mí para refugiarse de por siempre con el único amante por el que gustó de ser tentada y poseída.
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Foto: Felipe de la Cruz. |
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