BIENAL OFF | RELATOS ERÓTICOS

Seducido sin engañar

 

 

Pablo Hernández

Imagen: Pepe Vera/Judith Morales
[Miércoles, 4 de noviembre de 2009]

 

 

 

 

Estaba en la enésima barra de un bar, con las copas que mi escuálido cuerpo ya malamente podía soportar. Miraba un vaso medio vacío que mi mísera economía no podía rellenar, pero la vejiga me importunaba y al retrete tenía que visitar… Llego, como siempre, bajándome la bragueta antes de abrir la puerta del baño, con la polla en mano al urinario casi sin llegar, off qué alivio, la larga micción no deja de evacuar. De repente se abre la puerta y viro mi cuello a ver. Descomunal hembra entra en el baño de caballeros; yo que soy o pretendo ser liberal me hago el sueco y sigo terminando de mear.

Para mi asombro la tremenda hembra no va a miccionar, me mira. Yo, esquivo, subo la bajada bragueta y ella sin cortarse un pelo me lo increpa.

Con un corpiño rojo carmín que hace renacer sus pezones como si quisieran salirse del mismo, y mini-minifalda vaquera, singularmente transparente, que deja entrever su tanga rojo sangre, el cual se mezcla con sus nalgas robustas y tensas de manera desaforadamente ajustada; su tez agitanada tenía un moreno uniforme y brillante, unos labios carnosos que más parecían africanos, contrastaban con unos ojos verdes esmeralda, mira altanera y desafiante a mi entrepierna. Dice en casi tono desafiante: “Déjala libre que la quiero ver”. Ante lo que yo, después de unos segundos titubeante, me dejo la bragueta abierta.

Expectante la miro a los ojos sin terminar de creerme lo que estoy viviendo, ella avanza dos pasos y la agarra con una presión casi dañina si no fuera porque ya empieza a endurecerse, se da media vuelta y en tono desafiante pero cargado de erotismo, me dice; llevando a la vez su cabeza a mi oído y sus nalgas a mi tolete que ya está en plena erección... “Cierra la puerta del retrete encanto que vas a disfrutar”.

Pasaron en unos segundos muchos miedos por mi mente, pero era tal el embate y la dedición de ella, que no dudé. De una patada cerré la puerta y ella ligera le pasó el pestillo. Disfrutaba con su ya poseído juguete desde atrás a delante de manera rítmica, cada vez acelerando los tiempos en que estaba entre sus nalgas y volvía a su vulva.

A lo largo de mi dilatada vida sexual he tenido la dicha de saborear distintos sexos, velludos, rasurados, con labios lasos y otros carnosos, clítoris descomunales o minúsculos... había algo que en este me parecía diferente.

Fui con mi mano a comprobar lo que a mi pene ya le resultaba extraño. Ella me lo impidió diciéndome que la dejara hacer, a lo cual accedí sin reparos y dirigí mis manos a sus erectos pechos, le gustó pues me dijo; “Apriétame los pezones amor”.

En uno de los embates entró mi agarrotado sexo por detrás, era tal la presión que no sabría diferenciar entre el placer y el dolor…, su ritmo se convirtió en frenético, bajando la espalda, para rápidamente incorporarse de nuevo. Soltó la mano que hasta ese momento agarraba la mitad de mi polla pidiéndome métela entera cabrón, lo que hice de un solo movimiento que su grito de placer me confirmó le gustó.

Lo que ocurrió a continuación es complicado y a la vez lleno de sensaciones contradictorias para mí que me creía experimentado, por los ya vividos, en estos encuentros esporádicos.

Llevé mis manos hacia su sexo, necesitaba tocarle su clítoris plenamente, ella estaba casi gritando y sus movimientos tan largos, rápidos y profundos presagiaban que no podría aguantar mucho más ese ritmo.

Era distinto, como si fuera muy tenso, tenía la sensación de que descubría algo nuevo. Aunque ella quiso quitármelas su éxtasis y placer le hizo no insistir mucho en su vano intento. Un grito desgarrado me anunció que su orgasmo llegaba y con ella me corrí yo, fue largo y profundo como si quisiéramos los dos que perdurara.

Paramos lentamente, bajando el ritmo y diciéndonos obscenidades mutuas…, salí de ella algo extrañado por lo que había tocado, pero plenamente satisfecho la viré de cara a mi diciéndole que sabrosa estas hembra…, y ella riéndose dijo que nunca le habían llamado hembra.

Supongo sería el instante, pero no entendí al momento lo que quería decirme. Su voz, su nuez, sus manos, me aclararon; había hecho el amor, había follado plenamente con un transexual. Qué había pasado, cómo no había caído en la cuenta, yo que siempre alardeé de distinguirlas a la lengua…, serían las copas, la noche. Da igual, en cuestión de placer los límites son volubles y sólo hay que disfrutar y protegerse, no más.

 

 

 

 

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