La condesa Olenska
[Viernes, 30 de octubre de 2009] [10.45]
Tanto tiempo... Tantas esperanzas puestas en películas como las fallidas “Scoop” o “Match Point”. Otras batallas perdidas de antemano, como “Vicky Cristina Barcelona” o “Todo lo demás”. Algunas que se salvaban de la quema aunque no salían chamuscadas como “Melinda y Melinda”. Tras tantos malos tragos, por fin Woody Allen se apropia de un trozo de la genialidad que tuvo en el pasado. Por fin, llega “Si la cosa funciona”. Por fin.
En este filme, Allen vuelve a ser el que era. Con diálogos inteligentes, brillantemente divertidos, hirientes, punzantes, gloriosamente despreciativos. De nuevo, aparecen y con gracia sus paranoias habituales: sus tentaciones en forma de jóvenes atractivas que siempre, por obra y gracia del guión, se enamoran del sabio Allen o de sus “clones”.
Regresa también su eterno estado hipocondriaco, del que no puede escapar. Boris Yellnikoff, su alter ego en “Si la cosa funciona”, sufre crisis de ansiedad nocturnas porque no ha dejado la luz encendida. Tiene una úlcera que nadie le encuentra pero que él sabe de sobra que existe. Y si no entona el temido “cumpleaños feliz” dos veces mientras se lava las manos, éstas jamás se purifican.
Con sus 74 años, el director neoyorquino hace gala de un pesimismo mayor. La trinidad formada por Woody Allen-Larry David-Boris Yellnikoff desprecia el siglo XXI que le rodea, a sus coetáneos y a su propia vida. Más que mofarse, destruye verbalmente el director a la estupidez característica de los seres humanos, a las creencias y costumbres de estos mini gusanos que le rodean. Y a la vez, es destruido por sus enemigos, que le hacen odiar el mundo hasta el punto de intentar abandonarlo sin éxito.
El protagonista está simplemente genial. Los prejuicios y miedos que puedan despertar Larry David se esfuman a los primeros minutos del metraje. Uno se encuentra con un actor que se mimetiza y se convierte en Boris. Y más aún: su metamorfosis le lleva a transformarse en Woody Allen. Es al director al que vemos a través de la piel arrugada de David, de su cojera, su mala leche, su pesimismo y su superioridad. Su enorme desprecio por el ser humano resulta más una licencia creativa de Allen.
Pero en el fondo, nadie quiere estar solo. Desprecia la estupidez del hombre pero Boris acogerá a su lado y se dejará enredar por el mayor ejemplo de esta necedad. Una atontada campurriana con la necesaria forma de adolescente juguetona y tierna como un pedazo de pan.
De nuevo, aparecen esos personajes secundarios tan ricos y característicos de Allen pero que tanto tiempo llevaban escondidos. Los padres de Melody, los amigos de Boris... Ninguno sobra y todos forman parte del engranaje casi perfecto de esta historia de seres humanos que critican, cambian, se enamoran y evolucionan. Y se tiran por la ventana.
Hilaridad. Risas constantes en “Si la cosa funciona”. Diálogos punzantes, brutalidad extrema, raciocinio insultante. Superioridad del inteligente -“casi fui Nobel”- ante la chusma que le rodea. Hiriente sabiduría para quien se sienta despreciado. Para el resto, un océano de buen humor, carcajadas y nuevas ocurrencias. Claramente, la cosa funciona. Va sobre ruedas.
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Detalles que funcionan
Así es Boris: “Creía que no tenías una úlcera”, le dice la tierna Melody. “No. Lo que te dije es que los estúpidos médicos no la habían encontrado, no que no la tenga”, le contesta el brusco Boris.
La duda: ¿Realmente Evan Rachel Wood es tan espectacular?
El cambio radical: Sin desvelarlo, dos personajes caminarán de un extremo a otro. Un viaje sin maletas y sin vuelta atrás.
Impactante: La rudeza de Boris contra los niños a los que ¿intenta? enseñar ajedrez. Bruto, bruto, bruto y excelente, excelente, excelente.
Sorpresa: Larry David. El ejemplo de cómo un actor puede echar por tierra todos los prejuicios gracias a un gigante guión y a una no menos pequeña dirección.
Libertad: La del trío que se crea en la película, que convive conjuntamente con humor y amor.
Ficha comentada
Año: 2009
Duración: 92 minutos
País: Estados Unidos
Director: Woody Allen
Guionista: Woody Allen
Lo conocerán por... Este gran director, menudo, neurótico, hipocondriaco, se caracterizó en el pasado por hacer unas películas redondas, con grandes diálogos y tramas ligeras aunque complejas sentimentalmente hablando. Nadie puede olvidar las distintas muertes de “La última noche de Boris Grushenko”, la alocada y musical familia judía de “Días de Radio”, la investigación matrimonial de un supuesto homicidio en “Misterioso asesinato en Manhattan”, las difíciles relaciones amorosas de “Hannah y sus hermanas”... Era, como lo es ahora, un director prolífico, con una película por año. Un lujo hasta que dejó de serlo. Hasta que comenzó a debilitarse su genio y sus admiradores -que son muchísimos- tuvieron que aguantar fiascos como “Match Point”, una película hundida por la nefasta interpretación de ese bloque de piedra con forma de top model llamado Jonathan Rhys Meyers o “Todo lo demás”, una historia sin gancho con un muy mejorable reparto. Ha decaído el querido y admirado Allen en los últimos tiempos. “Si la cosa funciona” es un repunte en su calidad, una subida dentro de una montaña rusa que se había convertido en una bajada constante.
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Reparto:
Larry David: Boris Yellnikoff. Pesimista, engreído, hipocondriaco, autodefinido como un genio, con malas pulgas y lengua viperina que dice verdades como puños. Aún así, que nadie tiemble: tiene su corazoncito. Pequeñito pero lo tiene.
Lo conocerán por... En la Sexta se emite la serie con su mismo nombre, “Larry David”, donde muestra exactamente eso: su supuesta vida como productor y guionista, una especie de Gran Hermano en el que Larry David va improvisando. Lo hace con un humor ácido también, aunque ni de lejos tan perfecto como el del personaje que Woody Allen le ha puesto en bandeja. El director neoyorquino ya contó con él en otras dos películas anteriores. En la maravillosa “Días de Radio”, era el vecino comunista de la familia judía en la que vivía un pequeño Allen. En “Historias de Nueva York” -un trío que Allen compartió con Scorsese y Coppola, ahí es nada- Larry David participaba en el más divertido de estos cuentos neoyorkinos, convirtiéndose en testigo casual de cómo la madre de Woody dejaba el mundo real para convertirse en un ente más pensado y controlador aún que en la vida real.
Evan Rachel Wood: Melody St. Ann Celestine. Esa joven sureña de Mississippi, inocentemente perdida en Nueva York, se quedará impresionada por Boris gracias a su estupidez supina. Boris, un trillón de veces más listo que ella, la humillará sin remedio aunque la quiera. Al fin y al cabo, ella es un minigusano más.
La conocerán por... Esta joven era la inocente, enfadada y morena hija del resucitado Mickey Rourke en “El luchador”, una dura película de Darren Aronofsky que es imprescindible ver y en la que Rourke sólo tuvo que interpretarse a sí mismo. En “Thirteen”, esta joven interpretaba a una adolescente con problemas que se crea aún más al querer ser aceptada por una chica popular que la hundirá en la miseria. Un retrato pesimista de esa temida “edad del pavo” llevada a extremos nada deseables. Holly Hunter intentaba echarle una mano, sin mucho éxito.
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