HÁBITAT MUNDI

 

Las andanzas del marxismo tropical

 

Luis Hernández Navarro

[Lunes, 22 de junio de 2009] [09.00]

 

 

 

 

 

 

El 7 de enero de 1959, un día antes de la entrada victoriosa de Fidel Castro a la capital de Cuba, Jacobo Zabludovsky lo entrevistó en la ciudad de Matanzas. A pregunta expresa del periodista mexicano, el comandante le respondió: “Nuestra gratitud a México porque fue ahí precisamente donde encontramos albergue cuando tuvimos que abandonar nuestra patria hasta regresar de nuevo a ella para iniciar esta lucha [...] Salimos de México y eso se lo agradeceremos siempre a México, y gracias a esa posibilidad de salir y de llegar a Cuba es que hoy nos encontramos aquí, después de haber cumplido la primera parte de nuestras obligaciones que era liberar al país y conquistar su libertad.”

La historia es conocida. El 25 de noviembre de 1956, ochenta y un hombres que formaban una expedición revolucionaria, zarparon a bordo del yate Granma, del puerto de Tuxpan, Veracruz, con destino a Cuba, para derrocar al dictador Fulgencio Batista.

Castro había llegado a territorio mexicano en 1955 como asilado político. Aquí, junto con sus hombres, se entrenó militarmente y acopió armas hasta que, el 21 de mayo de 1956, el comandante y una parte de sus compañeros fueron detenidos por la policía mexicana. Poco más de un mes después fueron puestos en libertad, a pesar de la solicitud de extradición que había en su contra.

El escritor Fernando Benítez, director del magazine literario de Novedades, organizó una campaña de prensa para sacar de la prisión al grupo. Con su ayuda, Excélsior entrevistó en exclusiva a Fidel en la cárcel, y la United Press la retransmitió al mundo. Días antes, el 4 de julio en 1957, “el periódico de la vida nacional” escribió una editorial denunciando la tortura y malos tratos a los cubanos detenidos.

El 8 de enero de 1959, Zabludovsky regresó a México. Traía con él filmaciones de Fidel Castro entrando a La Habana. Miles de personas en el país vieron y escucharon las manifestaciones de júbilo popular acaecidas a unos cuantos kilómetros de nuestra costa.

Casi dos años antes, en febrero de 1957, el periodista estadunidense Herbert Matthews, bautizado no sin un dejo de ironía como “el hombre que inventó a Fidel”, entrevistó al jefe de los revolucionarios en la Sierra Maestra durante tres horas. Su trabajo, publicado en The New York Times, rebotó por todo el mundo.

Excélsior y su edición vespertina Últimas Noticias consignaron en sus páginas, con bastante fidelidad, los avatares de la guerrilla cubana. Su reportero Manuel Camín estuvo en la Sierra Maestra. Como reconocimiento a esa labor, el mismo Fidel Castro envió el 17 de marzo de 1958, cartas a los directores de ambos periódicos, agradeciéndoles el interés y la objetividad de los materiales publicados y considerándolos “adalides de la libertad de prensa”.

Ese mismo día, el comandante mandó una misiva al pueblo de México en la que anunció el “ocaso de la tiranía” y reconoció la identidad profunda del movimiento libertario cubano con el vivido en territorio azteca a comienzos del siglo XX. “¡Revolución mexicana, la Revolución de Cuba te saluda, evoca tu obra, se inspira en tus triunfos y emula tu ejemplo”, escribió Castro.

La revolución al papel

Varios años más tarde, en 1965, Mario Menéndez, entonces director de la revista Sucesos, logró una entrevista en exclusiva con el comandante, la primera concedida a un periodista latinoamericano después de la fase armada de la Revolución. Invitado por Castro a la Isla a raíz de una serie de ocho reportajes sobre la guerrilla guatemalteca, conversó con él a lo largo de un mes.

Dieciséis meses después del triunfo del levantamiento armado en Cuba, nació la revista Política. Publicada por primera ocasión en mayo de 1960, bajo la dirección de Manuel Marcué Pardiñas, fue el principal órgano de crítica al régimen en los sesenta y canal de expresión del Movimiento de Liberación Nacional (MLN). Su ideario, procubano, a favor de la democracia, antipriísta y antiimperialista, alimentó el despliegue de una diplomacia ciudadana que vinculó los tiempos de México con los de la Isla.

Entre muchos otros, en sus páginas fueron publicados materiales claves sobre el proceso isleño, tales como los discursos de Fidel Castro y Ernesto Guevara, las declaraciones de los ochenta y un partidos comunistas, los documentos de la I y II Declaraciones de Habana, el libro Guerra de guerrillas, del Che y la Revolución en la revolución, de Regis Debray.

En Política se defendió a La Habana, porque, según Víctor Flores Olea, uno de sus más destacados colaboradores hasta la escisión de la revista, “en Cuba la democracia deja de ser un ‘sistema', es decir, algo abstracto y remoto, para convertirse en una presencia, la presencia activa y concreta de cada acto del gobierno [enfocado] sustancialmente a satisfacer las exigencias humanas del pueblo, es decir, era un proyecto que implicaba necesariamente un contenido moral”.

Un material clave en la formación del imaginario social sobre la patria de José Martí en México fue La batalla de Cuba, de Fernando Benítez y Enrique González Pedrero. Publicado en 1960, fue el primer libro de Ediciones Era. El reportaje narra la metamorfosis simbólica por la cual las estaciones de la policía batistiana se transformaron en escuelas, los hoteles en hospitales y las prostitutas en milicianas, reemplazando la antigua fantasía erótica del Caribe con una nueva y solemne utopía política. A partir de entonces, Era editó una vasta bibliografía relacionada con el levantamiento armado en la Isla y sus efectos en América Latina.

Pieza fundamental de la formación de una conciencia colectiva sobre la revolución fue, también, la aparición en México, en marzo de 1961 y a cargo del Fondo de Cultura Económica, de Escucha Yanqui, de c. Wright Mills. En agosto de ese mismo año el libro alcanzó la tercera edición. Cuando en 1965 el entonces director del Fondo, Arnaldo Orfila, salió para fundar Siglo XXI, su propia casa editorial, siguió publicando libros sobre Cuba y marxismo.

Fundamental, también, fue el papel desempeñado por el suplemento cultural de la revista Siempre!, dirigido por Fernando Benítez. En sus páginas se debatió ampliamente el significado y alcance de la gesta cubana. Libros como Cuba para principiantes, de Eduardo del Río Rius y reportajes gráficos de Rodrigo Moya, difundieron entre los ciudadanos de a pie de México una información nodal para entender los cambios en la Isla.

A partir de todas estas publicaciones, entrevistas, reportajes, fotos, libros, se estableció una circulación de ideas-fuerza que alimentó la profunda y estrecha conexión que aún existe, a pesar de los cincuenta años transcurridos, entre la Revolución cubana y México. Un vínculo que va más allá del establecido entre dos naciones y, por supuesto, del acordado entre dos gobiernos. Un lazo que ha sobrevivido a la presión imperial, el aislamiento y las disputas diplomáticas. Una afinidad que subsiste a pretensiones como las de Jorge Castañeda, secretario de Relaciones Exteriores durante los primeros años del gobierno de Vicente Fox, quien quería terminar la relación de nuestro país con la Revolución cubana, para reiniciar la relación de México con la República de Cuba.

Una imagen

Entre otra muchas, una imagen simboliza el encuentro de esas dos revoluciones latinoamericanas y ejemplifica los profundos vínculos de dos pueblos: al pie del Capitolio de La Habana, juntos, Fidel Castro y el general Lázaro Cárdenas, contemplan la multitud. Es el 26 de julio de 1959. Hacía poco menos de siete meses que había triunfado la Revolución cubana. El ex presidente mexicano, el último representante genuino del movimiento armado de 1910-1917, vestido de traje y corbata, levanta la mano derecha para saludar a la masa. El líder del Movimiento 26 de julio, de barbas y uniforme, contempla la plaza.

Entre ambos líderes existía una vieja y estrecha relación. El general conoció a los conspiradores cubanos en México antes de que fueran apresados. Los ayudó de diversas formas. Cuando fueron detenidos abogó por ellos. Al presidente Adolfo Ruiz Cortines le dijo: “No tienen delito, están luchando por la libertad de su patria.” El mandatario mexicano accedió a sacarlos de la cárcel.

Años después, en Cuba, Raúl Castro recordaría el incidente a su manera. Al presentar a doña Amalia Solórzano de Cárdenas a una mujer joven con uniforme militar, le dijo: “Esta es la esposa del general Lázaro Cárdenas. Si él no nos ayuda y nos saca de la cárcel, en este momento no estaríamos aquí.”

En plena guerra de guerrillas, desde la Sierra Maestra , el 17 de marzo de 1958, Fidel Castro le escribió a Lázaro Cárdenas. Se refirió a él como “Señor General de División.” Allí le reconoció: “Eternamente le agradeceremos la nobilísima atención que nos dispensó cuando fuimos perseguidos en México, gracias a la cual hoy estamos cumpliendo nuestro deber con Cuba. Por eso, entre los pocos hombres en cuyas puertas puede tocar con esperanzas este pueblo que se inmola por su libertad a una millas de México, está usted.” Se despidió de él: “Con esa justificada fe en el gran revolucionario que tantas simpatías cuenta en nuestra patria y en toda América, se despide de usted, su sincero admirador.”

En abril de 1961 se produjo la invasión de Bahía de Cochinos. El general trató de trasladarse a la Isla de inmediato. No le fue posible hacerlo. Consiguió a un aviador especializado en tareas difíciles para que lo llevara hasta La Habana. Cuando el piloto llegó al aeropuerto, se encontró con que su avioneta había sido amarrada con cadenas. El gobierno no había autorizado el vuelo.

El 18 de ese mismo mes, miles de personas tomaron las calles de Ciudad de México para repudiar la agresión. Para que Cárdenas pudiera ser visto y escuchado durante el mitin, se subió al cofre de un automóvil. La marea humana se sentó en el piso. Se hizo un impresionante y respetuoso silencio. “En nuestra América, Cuba está siendo agredida y es necesario que los pueblos todos de Latinoamérica manifiesten su solidaridad”, alertó.

Años más tarde, en México, Raúl Castro entregó al nieto del ex mandatario una de las armas que habían quitado a los invasores de Bahía de Cochinos, y le dijo: “Ya que no se lo pudimos entregar al General, se lo entregamos al nieto que lleva su nombre.”

La sacudida

Mientras en La Habana los guerrilleros tomaban el poder, en México estalló una revuelta social. Maestros, ferrocarrileros, telegrafistas, petroleros, campesinos y estudiantes tomaron plazas públicas, se apropiaron de predios e hicieron huelgas. La protesta tenía como telón de fondo el agotamiento de la Revolución mexicana y el lento crecimiento económico.

La Revolución cubana tuvo un profundo impacto entre los protagonistas de aquellas jornadas de lucha. No fueron pocos los dirigentes que albergaron la ilusión de reproducir en México lo acontecido en la Isla. Othón Salazar, el principal dirigente del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) en aquellos años, lo recuerda así: “Por entonces estábamos bajo la influencia de la Revolución cubana y nos parecía que el magisterio mexicano tenía mejores condiciones que las que tuvo Cuba para iniciarla.” (Othón Salazar y el Movimiento Revolucionario del Magisterio, Amparo Ruiz del Castillo, Plaza y Valdés Editores.)

Solidario con la gesta cubana, el dirigente magisterial encabezó varios actos de apoyo a la causa. La derecha lo atacó sin misericordia por ello. El periódico Tabloide le dedicó su titular del 22 de julio de 1960: “se le subió la cuba libre a Othón Salazar. Bien pisto, en un mitin, ofreció su incondicional apoyo a Castro Ruz.”

“La figura de Fidel Castro entonces, pero también ahora –le dijo al escritor Carlos Monsiváis en una charla realizada el 11 de mayo de 1993– nos parecía que tocaba el cielo, y por el pueblo cubano y su revolución nos cuadrábamos. Los antecedentes de la revolución victoriosa de Cuba pesaban en nosotros.” (Carlos Monsiváis en charla con Othón Salazar”, revista Hojas núm. 11/ v / 1993.)

Años más tarde, derrotado el movimiento, el profesor Salazar decidió seguir la ruta de las armas, creando una guerrilla de vida efímera. “La influencia que la Revolución cubana tenía sobre nosotros, y sobre mí especialmente –le contó a Amparo Ruiz del Castillo–, era muy grande. Me parecía, con un convencimiento completo, que no había para México otra salida que no fuera el movimiento de guerrillas. No continué por ese camino por mi ingreso al PC.”

Los aires isleños llegaron también a territorio morelense. Rubén Jaramillo, el heredero del agrarismo radical zapatista, el líder campesino que se levantó en armas en diversas ocasiones contra el gobierno, bisagra entre las guerrillas modernas en México y las viejas luchas agrarias, se sintió profundamente identificado con la Revolución cubana. Según explica la investigadora Tanalís Padilla, el apoyo del también pastor protestante a Fidel Castro no era sólo un acto de solidaridad con la defensa de la soberanía nacional, sino que iba mucho más allá de eso: Jaramillo admiraba la reforma agraria cubana y veía en ella un modelo a seguir. En una entrevista realizada en 1961 decía: “Los logros de la Revolución cubana en términos de la redistribución de la tierra coinciden con nuestras propias aspiraciones revolucionarias... En esa revolución los campesinos hicieron las cosas mejor que nosotros.”

Diversos testimonios de sobrevivientes dan cuenta de que la simpatía era recíproca. Jaramillo recibió una invitación para visitar Cuba. Meche Quevedo fue su enlace. Ella llevó a una comisión de cubanos a su cuartel general en Tlaquiltenango para convencerlo de que se fuera a la Isla. En la reunión acordaron realizar una marcha antiimperialista en Cuernavaca. Fue un éxito. El zócalo de la ciudad se llenó.

Poco antes de ser asesinado por el gobierno, Jaramillo pensó seriamente en irse a vivir a Cuba. “Creo que valdría la pena. De algo puedo servir allá”, le dijo al obrero comunista Mónico Rodríguez, uno de sus más cercanos colaboradores.

Según el mismo Mónico, el Partido Comunista, que tenía una relación ambivalente con el jaramillismo, había presumido a los cubanos que tenían “fuerza militar; si se necesita la podemos enviar si los gringos invaden Cuba”. Esa fuerza era la de Jaramillo.

Las revueltas de José

Durante una de tantas protestas universitarias realizadas en Ciudad de México, apareció en un muro una pinta que añoraba: “¡Ay José, cómo extrañamos tus revueltas!” La pared parlante se refería al filósofo, literato, guionista y revolucionario José Revueltas, una de las figuras fundamentales de la izquierda mexicana durante cuatro décadas. Eterno disidente de las burocracias partidarias, fue expulsado reiteradamente del Partido Comunista, hasta que fundó la Liga Espartaco , de donde fue nuevamente echado. Preso político en diversas ocasiones, pasó varios años de su vida en diversas penitenciarías. En su celda de Lecumberri, en 1968, la entrevistadora Mercedes Padrés le inquirió por sus muchos años de cárcel:

–¿Por qué ese afán de rebeldía, por qué esa terquedad?

Él respondió:

–Porque la historia es terca y yo tengo la misma insistencia.

La relación de Revueltas con la Revolución cubana es paradigmática. En ella se resume la ruta seguida por muchos otros escritores. Sin dudarlo la saluda desde sus primeras horas. Entre mayo y noviembre de 1961 se va a vivir a la Isla, invitado por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Acababa de escribir su Ensayo de un proletariado sin cabeza y el Partido Comunista Mexicano había vuelto a expulsarlo. Vittorio Vidali le insiste en que se quede en Cuba una larga temporada y escriba un libro sobre su Revolución.

Visita centros de trabajo y se entusiasma con lo que ve. Deplora que en México no suceda algo similar. En una carta le cuenta a su hijo sus primeras impresiones en la Isla: “Aquí –le dice– no hay burgueses que sean dueños ni de las tierras, ni de las casas, ni de las fábricas. Todo pertenece ahora al pueblo: hasta los hoteles de lujo. En los hoteles se han venido a vivir niños y niñas campesinos que vienen a estudiar a La Habana.”

Entabla una intensa relación amorosa con Omega Agüero, con la que procrea una hija a la que no llega a conocer. Tiempo después publica su Diario de Cuba. En la antesala de su regreso a México le escribe a su hermana Rosaura: “Sabemos que el día primero de mayo proclaman la República socialista. Esto me ha llenado de profunda emoción. ¡Nuestra primera República socialista de América! Casi parece un sueño.”

Ya de vuelta en la región más transparente, el 21 de febrero de 1962 dicta una conferencia en el Instituto Mexicano-Cubano de Relaciones Culturales titulada “Idea y momento de la Revolución Socialista en Cuba.” En ella arremete contra aquellos que no querían ni una revolución tan revolucionaria, ni un socialismo tan socialista en Cuba. Fija lo que para él era, en aquel momento, la “disyuntiva categórica: o Cuba existía como país socialista, o dejaba de existir simplemente como país de cualquier clase. La independencia de Cuba no podía –ni puede– separarse del ser una independencia socialista.”

En 1968, antes del estallido del movimiento estudiantil, hace un segundo viaje a La Habana, acompañado por su hijo Román y su esposa María Teresa, como jurado del Premio Casa de las Américas. Al regresar a México es interrogado, fichado y puesto en libertad. Su plaza en la sep fue congelada.

En mayo de 1971, desde la penitenciaría de Lecumberri donde estaba preso, Revueltas describió cómo el asunto Heberto Padilla afligía “a los escritores revolucionarios de todos los países, digo, a los escritores que amamos con lucidez la Revolución cubana y que, en virtud de ese amor en inteligencia, no perdemos ni perderemos la confianza en ésta”.

El comentario no era gratuito. El caso de Heberto Padilla fue un parteaguas para la intelectualidad. Con él la luna de miel entre los intelectuales latinoamericanos y la Revolución cubana llegó a su fin. Padilla, se recordará, fue un poeta comprometido en su juventud con el proceso revolucionario, que adoptó una actitud crítica frente al régimen. Acusado de contrarrevolucionario, fue detenido en 1971 y puesto en libertad al mes siguiente, tras retractarse públicamente en un juicio. En 1980 partió de la Isla para vivir en Estados Unidos.

La Cultura en México, el 19 de marzo de 1971, publicó la carta de Heberto Padilla y los comentarios de José Emilio Pacheco, José Revueltas, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Eduardo Lizalde. A partir de entonces ya nada sería igual en las relaciones entre la Isla y la intelectualidad mexicana.

La ruta de los Fierros

A diferencia de Othón Salazar, no pocos maestros decidieron convertir su simpatía por La Habana en compromiso con la organización de guerrillas en su país. Arturo Gámiz, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas son los más conocidos. Distan de ser los únicos.

En 1961 se efectuaron en Chihuahua grandes manifestaciones de apoyo a la gesta cubana. Arturo Gámiz, un estudiante normalista, participó en ellas. Con los años fue maestro comunitario, integrante de la Juventud Popular Socialista, organizador campesino, impulsor de tomas de tierra y fundador del Grupo Popular Revolucionario, la primera guerrilla socialista en México. Participó en el ataque del Cuartel Madera, en Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, donde ofrendó su vida.

Gámiz fue marcado por los barbudos. Según él, desde la Revolución francesa “ningún acontecimiento había influido tanto en los pueblos de América como la Revolución cubana, nada había causado tanto impacto en la conciencia de los pueblos como la Revolución cubana [...] nada había infundido a los oprimidos de América la esperanza y la confianza en el porvenir y la certeza del triunfo que la Revolución cubana ha infundido”.

El efecto catalizador de la gesta de los herederos de José Martí se dejó sentir no sólo entre profesores. Ese fue el caso del sinaloense Víctor Manuel Tirado quien, atraído por la experiencia cubana, terminó vinculándose a lo que sería el Frente Sandinista de Liberación Nacional. “Le presenté a una persona mi solicitud de ingreso –dice– y comenzó a darme responsabilidades. Yo tenía identificación ideológica. Venían algunos cubanos a entrenarnos en México. Y, después de un año, me llevaron a Managua.” Con el tiempo se convertiría en uno de los nueve comandantes que dirigieron la insurrección nicaragüense.

Desde los primeros años de la rebelión, siempre hubo mexicanos que buscaron protagonizar una nueva versión del Granma invertida: zarpar de La Habana para dirigirse a Tuxpan, Veracruz, desembarcar y formar un foco guerrillero en alguna cordillera azteca que se convirtiera en nuestra versión de la Sierra Maestra. Algunos secuestraron aviones para iniciar la empresa. Varios visitaron la embajada y solicitaron apoyos, pero sus sueños no se hicieron realidad. México era un país de excepción. Otros, en cambio, tuvieron en la Isla un santuario: Cuba brindó asilo político a cincuenta y cuatro rebeldes mexicanos entre 1972 y 1973. Muchos se quedaron allí hasta que en 1979 fueron amnistiados.

Muchos años después de estas experiencias, en enero de 1994, irrumpió en México el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el EZLN. Siguiendo su propia vía, la insurrección maya del sureste mexicano tuvo en la Revolución cubana una fuente de inspiración. En la Sexta Declaración de la Selva Lacandona , los zapatistas afirman : “Y queremos decirle al pueblo de Cuba, que ya lleva muchos años resistiendo en su camino, que no está solo y que no estamos de acuerdo con el bloqueo que les hacen y que vamos a ver el modo de mandarles algo, aunque sea maíz, para su resistencia.” Tiempo después, un cargamento con grano partió de la selva hacia la Isla.

El marxismo tropical

El primero de mayo de 2003, en la Plaza de la Revolución en La Habana, Cuba, frente a un millón de personas, Pablo González Casanova pronunció un discurso. “Defender a Cuba diciendo la verdad de Cuba es muy importante para el mundo entero”, afirmó. Eran tiempos difíciles y controvertidos, de disenso con los métodos de la Revolución por parte de escritores que, como el Nobel José Saramago, la habían apoyado. Pero él insistió: “Los trabajadores e intelectuales del mundo debemos poner un alto en la prensa, la televisión, la radio, los medios educativos y culturales a la campaña contra Cuba, que no es sólo contra esta pequeña Isla, sino contra la humanidad.” Los aplausos de la multitud no se hicieron esperar.

Profundamente influido por la Revolución cubana desde su irrupción, con un fuerte vínculo afectivo y político con ella, don Pablo afirma en uno de sus más recientes ensayos, “Cuba: la revolución de la esperanza”: “Me atrevo a hablar de Cuba porque estoy convencido que su revolución inició una nueva jornada en la historia universal de las revoluciones.”

Hace años, en pleno ajuste de cuentas con su pasado marxista, el antropólogo postmoderno Roger Bartra acusó a don Pablo de ser un representante tardío del marxismo tropical. Curiosa ironía, al querer descalificar al autor de La democracia en México, Bartra acabó acuñando una categoría con la que muchos mexicanos podrían sentirse identificados. No creo que el barbero rojo que nombró a su peluquería Los barbudos y ofreció a sus clientes como material de lectura Bohemia en lugar del Ja-Ja, se hubiera molestado con el calificativo.

 

 

[ Publicado en La Jornada Semanal, el domingo 14 de junio ]

 

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