Mientras el volcán escupía lava en el siglo XVIII y sepultaba aldeas, los lanzaroteños tuvieron que hacer esfuerzos por adaptarse a los cambios en el territorio. El arqueólogo José de León, que acaba de publicar ‘Lanzarote bajo el volcán', sostiene que hoy en día la “lava de la especulación” está transformando más el territorio que cualquier erupción volcánica.
- ¿Qué supusieron las erupciones volcánicas del siglo XVIII para Lanzarote?
"Hay una Isla antes y una Isla después de las erupciones volcánicas"
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- Supusieron un enorme cambio y transformación. Hay una Isla antes y una Isla después de las erupciones volcánicas. Afectaron a más de una tercera parte del territorio, a la mitad de la población, destruyeron enormes terrenos de cultivo, una enorme cantidad de infraestructuras construidas, ermitas, casas, y sobre todo cortaron un proceso de expansión en la zona central de la Isla, ya que en ese momento aldeas como Mancha Blanca o Tingafa estaban en pleno proceso de crecimiento.
- ¿Cómo se adaptó la sociedad lanzaroteña a la nueva Isla?
- La verdad es que es espectacular el proceso de conocimiento, reconocimiento y convivencia con ese territorio. En pocos años, durante las propias erupciones volcánicas, la gente de Yuco y la Vegueta sabe que plantando en las zonas cubiertas por las arenas aumenta siete veces la productividad. En 1732, en plena crisis volcánica, ya se refunda Tías en un repartimiento en la puerta de la Iglesia de San Bartolomé. Una cosa curiosa es cómo fue llegando la población a lugares recónditos: la gente va a reconocer lo suyo que se había perdido. Y fueron descubriendo pequeños chabocos donde afloraba la tierra, plantaron higueras, abrieron veredas y se fueron habituando a ese nuevo territorio.
- ¿Qué se podría aprender hoy de esa cultura del volcán?
"Nunca se ha producido una transformación como la de los últimos 30 años"
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- Parafraseando a la famosa la ley de la termodinámica, la Isla se crea, se transforma, pero también se destruye. Y en este caso, estamos asistiendo a una destrucción irreversible, alocada, irracional, de algunos de los mejores lugares del territorio. Además, en plena crisis estamos viendo cómo se están agrediendo más zonas de volcán de muchísimo valor. Creo que esta nueva lava de la especulación está transformando una superficie considerable, contando las zonas de costa y auténticas barbaridades que hay aquí. Y no lo está haciendo la Tierra sino que lo está produciendo la gente.
- ¿Cómo ha visto la transformación del territorio a lo largo de las últimas décadas?
- En las últimas décadas, Lanzarote y Canarias en general han sufrido un proceso exponencial de transformación. Probablemente nunca en la historia de la Isla, salvo en esos procesos de construcción geológica, se ha producido un precedente de transformación tan acelerado como en los últimos treinta años, acompañado de una transformación social y cultural. Después de la Conquista no hay precedente de lo que ha pasado en los últimos 30 años. La erupción volcánica le afecta a 5.000 habitantes, hoy le afectaría a 160.000. La gente debe tener conciencia de que el mundo no es eterno. No sé cuándo reventará el próximo volcán pero reventará, y mientras la gente crea que va a vivir lo que su tiempo vital dure y no piense en la sociedad que venga después, no hay nada que hacer.
- ¿Cómo valora el estado actual de conservación del patrimonio histórico y etnográfico de Lanzarote?
"Tenemos que ofrecer lo que somos, no una postal barata"
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- No sólo Lanzarote, todas las islas están viviendo un proceso de deterioro. Es importante que las administraciones, que se llenan la boca con la identidad canaria y la cultura, inviertan. No tiene sentido que una Isla en la que el agua rompiendo en un veril se convierte en un atractivo turístico como Los Hervideros, en la que los turistas no se van sin una postal con una cacatúa de Guinate, sin embargo esté Zonzamas como está. La verdad, da mucho que decir. Ya quisieran muchos países, que tienen un patrimonio importante, tener gente que lo visite. Estamos hablando de unas islas que reciben 12 millones de personas: tenemos que ofrecer lo que somos, sin convertirnos en una postal barata.
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