Nayra Alonso
Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles, 6 de mayo de 2009] [09.00]
¡Y yo no sabía de nada!
Pero era una tarde interminable de mediados de verano, a esa hora en la que el sol se retira y va dejando sobre la tierra una atmósfera cargada de insectos zumbantes, brumas polvorientas y calor, y yo me acerqué por el estanque, como habíamos quedado, con una blusa muy linda y el pelo recogido.
La conciencia de par en par y sudor en las manos. Ni arranqué las flores ni espanté las nubecillas de moscas. A la derecha, los terrenos plantados de papas, las pitas, las tuneras, y en mi nariz todos los olores del campo.
Cuando me vio llegar dejó de jugar con la ramita, se puso de pie, y salió a encontrarme.
Decidimos pasear en silencio. Y no sé cómo decirlo, pero llevábamos el alma por fuera. Caminaba muy cerca de mí y a veces nuestros brazos se rozaban. En eso pasan los vencejos haciendo sus giros perfectos: “esto es para más calor”, dijimos.
Y al bajar las miradas —yo sonriendo— me besó.
Cuando llegué a casa me tiré boca arriba en la cama, cerré los ojos, inspiré profundo, y con la ramita descansando sobre mi pecho pensé que acababa de descubrir el verdadero y único sentido de estar en el mundo.
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