La explanada de la mierda (Primera entrega)

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 28 de abril de 2009] [09.00]

 

 

 

 

 

En sus “Ochenta mil leguas de viaje submarino”, don Julio hace gala, entre otras cosas, de una cierta pesadez y de unos extraordinarios conocimientos de náutica. Maestro del quintante o del sextante, en su libro está todo exquisitamente situado y clasificado. Sería un puntazo, un buen reclamo publicitario, situar a la susodicha explanada en su exacta longitud y latitud. Pero el infrascripto no es Verne y teme escarpiarse unos segundos de arco y meter a la doblemente mentada explanada, con su mierda, su palmera, sus cutres habitáculos y su pasaje patrimonial dentro del Cabildo Insular; y eso no estaría bien. Ya lo dijo don Rafael; “a los poderes públicos, aunque no nos hagan tilín, tenemos que respetarlos hasta que podamos cambiarlos”.

No obstante, los que ya estamos medio cascaditos, somos económicamente débiles y carecemos además del poder de los políticos, tenemos que regular nuestra propia estimación y el respeto(1) de nuestras mujeres, ganando de vez en cuando alguna batallita, aunque sea a base de sueños placenteros, para superar así nuestras frustraciones y no sentirnos siempre como caca de vaca. Verbigracia; si soñamos que la cochina explanada, con sus negros huecos adyacentes y sus ratas(2) bien nutridas, está realmente dentro del Cabildo y vemos a Doña Manuela firmando documentos con las gafas empañadas por el vaho desprendido por detritos, deposiciones humanas, restos de incendios, trastos viejos y montones de insulinas(3), es seguro que la sonrisa nos llegará de oreja a oreja y nos sentiremos de puta madre. Otra cosa sería, ver a las inocentes funcionarias, bien sentaditas, con las piernecitas cruzaditas y bien apretaditas, por miedo a invasiones indeseadas.

Pero como ya dijo allá cuando, serena y hermosamente, el rey de la escena hispana por boca de Segismundo que los sueños sueños son; hablaremos pues sin coñas ni circunloquios de la cruda realidad. La explanada de la mierda, con lo dicho anteriormente, sus nueve residentes fijos, sus catorce habituales y sus noventa y ocho transeúntes, está situada en la calle Gran Canaria de Arrecife, para cruz de sus acojonados vecinos, escarnio de los poderes públicos y gloria del Delegado del Patrimonio de la Comunidad Canaria. Con lo hasta aquí escrito y las cuatro notas, ya tenemos texto suficiente para completar el sueltito de la primera entrega. En la próxima seguiremos hablando de la explanada; de sus tres muertos, de sus ocho incendios, de sus innumerables teleles por sobredosis y de los nueve desgraciados que en lugar de vivir, mueren lentamente en ese infecto muladar. También hablaremos de la puerta principal del Duomo de Milán, que al parecer ha sido traída y colocada en una casa de la calle Cienfuegos, cuyas inmundas habitaciones se abren por su trasera a la vergonzante explanada.

 

(1) Pongo respeto en lugar de cariño porque ninguna mujer que se precie puede querer al hombre que la tenga viviendo frente a esa mierda.

(2) Entre ellas se ve algún espécimen, que vaya al carajo el león de la Metro.

(3) Jeringuillas usadas.

(4) Las citas literarias son puro marketing. Si alguna vez quisiera parecer fino y cultivado, escribiría sobre el sublime bucolismo de las Églogas de Virgilio. La vista de la Explanada me inspirará tiernamente.

 

 

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