Nayra Alonso
Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles, 15 de abril de 2009] [09.00]
Por las noches salía al balcón y aullaba contra la luna. La maldecía, quiero decir, y cuando ya se había cansado de aullarle, se secaba los ojos en la manga del pijama e interrogaba a las estrellas.
De los tiempos en los que aún se sentía feliz, recordaba una vez que salía del baño con una toalla enrollada a la cintura. La alcoba estaba en penumbra y sobre la cama yacía la princesa. Él, que era un príncipe venido de lejos —de otra era— se acercó a la cama sin hacer ruido y fue retirando las sábanas hasta dejar al descubierto el cuerpo desnudo.
Se sentó junto a la princesa, dándole la espalda, y tomó entre sus manos uno de sus pies. Muy delicadamente, como si tomara una criatura recién nacida. Y en ese instante, la princesa abrió los ojos.
La princesa hizo entonces un ruidito gutural, pero el príncipe no se alteró. La princesa dijo entonces “príncipe”, pero el príncipe continuó absorto. Así, tal como estaba, sin salir del trance, alzó el pie de la princesa a la altura de su cara y lo observó contra la ventana. La luna, al contraste, le pareció desvaída. Ella dijo entonces: “mírame, príncipe”, y él acercó sus labios al empeine de mármol y lo besó cerrando los ojos.
Luego, más tarde, cuando la princesa ya había escapado a galope, aferrado a la baranda y con el rostro yerto por el rocío de febrero, el príncipe iba rememorando cada momento y cada detalle, y al hacerlo aullaba con más fuerza. Ahora lo veía con claridad. ¡Ahora! Y preguntaba: “¿Pero por qué, Señor? ¿por qué era tan bello aquel pie? Yo quería asomarme a su alma... ¡Lo juro! ¡Era lo que deseaba! Pero ese pie..., ese pie me cegó a todo lo demás. Igual que aquel personaje desgraciado, yo también debiera arrancarme de la cara estos ojos fatales”
Aquella noche infausta, en tanto se comparaban en alto pie y luna, la princesa miraba al príncipe, miraba el pie, miraba al príncipe, miraba el pie, miraba al príncipe y otra vez el pie, hasta que de un vigoroso impulso se sentó en la cama, recogió las piernas y dijo “príncipe, mírame a los ojos, dime que existo”. Y el príncipe, con los ojos vacíos, se giró hacia princesa, se deshizo de la toalla, se acomodó entre sus piernas y la penetró.
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