La gota

 

Juan Pérez Parrilla

[Jueves, 2 de abril de 2009] [09.00]

 

 

 

 

 

Con su forma de espermatozoide, cabezona y con rabo, la maldita gota lucía como un verde relajo en la impoluta pared recién blanqueada. Bruno sabía que si no la limpiaba de inmediato, luego tendría que pasarle una lija y blanquear de nuevo la zona lijada, pero, estaba cabreado y en lugar de bajar por un trapo, optó por la solución más fácil y acorde a su cansancio y mala leche matinales; se cagó en Dios sin ningún recato, más bien con recochineo y se quedó tan pancho. Fue su momento del día; obvió la gota, sus rodillas dejaron de dolerle y sintió que los duros y redondos pasos de su vieja escalera de tea se convirtieron en los estribos de un brioso cordel, Babieca quizá y fue su ira un buen escudo y fue su brocha una tizona y sin ser conde, duque o caballero, como el de Vivar paladeó las mieles de la victoria y se sintió grande y aguerrido.

Naturalmente, Dios oyó su desafiante blasfemia, mas no le hizo ni puto caso y pasó de tirarlo de la escalera. El pobre Bruno lo está pasando mal, cincuenta años son muchos años dándole a la brocha, tendré que buscarle un nuevo asuntillo para mantenerle contento, se dijo Dios.

En la sala de estar, junto a un amplio ventanal que daba al frondoso parral de la entrada, hacían sus primorosas labores las dos hermanas dueñas de la casa; doña Pura viuda y sin hijos y doña Juanita soltera y virgen hasta de pensamiento. Ambas cincuentonas de buen año y mejor ver; percudía y fafantona doña Pura y más humilde y con menos tetaje doña Juanita. Comprometidas con su fe y la parroquia, ya habían terminado las piezas menores; corporal, palia, purificador etc. y en el interín hacían entre ambas las delicadas puntillas de ganchillo del mantel de la mesa de consagración. Iban bien de tiempo y si la nueva custodia y la casulla para don Anselmo llegaban a tiempo desde La Laguna, la misa de resurrección se celebraría por todo lo alto.

A pesar de que la sala de estar se encontraba situada en la parte delantera de la casa y Bruno pintaba las ventanas del sobrado orientado al naciente, su execrable exabrupto les llegó fuerte y claro a las señoras. Doña Juanita soportó con toda entereza el ataque del Demonio en boca de Bruno, pero a doña Pura le dio un cinematográfico fatuto y cayó redonda al suelo. Superado el soponcio de su hermana con unas gotas de lavanda y unos traguitos de mistela, doña Juanita salió como un tiro en busca de Bruno.

Cuando pasó junto al poyo de los geranios, vio sobre sus muros el porrón del agua, el platito con tres pastillas aún, pero ni gota de ron en el vaso que a la prima, ella misma había rebosado con mitamedia bien medida. Al doblar la esquina y ver a Bruno en lo alto de la escalera, con la camisa mojada por el sudor, el recio sol dándole de lleno y unas guedejas de canas pegadas al cogote , se paró en seco y sin decirle ni pío volvió sobre sus pasos.

Desde su siete u ocho metros de altura y dado también que ya andaba medio entretenido de oído, Bruno no oyó los pasos de doña Juanita y no se enteró de su presencia. Mientras le daba a la brocha, pensaba en lo colérico que se había vuelto últimamente. En su fuero interno no se dolía por su blasfemia, pero temía que hubiese sido oída por las señoras y se armara la de Dios es Cristo. Esto último es un decir, pues ni en la escuela ni en sus años de monaguillo pudo entender el enrevesado lío de la Santísima Trinidad. Bien es verdad que eso de Uno en Esencia y Trino en Personas, nunca le importó demasiado; sin ser un incrédulo racionalista o un radical unitario, siempre pasó del Espíritu Santo y siempre fue más de Cristo que del Padre, aunque desde hacía muchos años, todo hay que decirlo, estas cosas le importaban un carajo, y bajó para rodar un poco la escalera.

Una vez cambiada de sitio la pesada escalera, con un gran esfuerzo por su parte, se sentó unos minutos a descansar sus maltrechas rodillas, luego decidió tomarse un trago de agua y al llegar al poyo de los geranios la impresión casi le tira de espaldas, al ver su vaso culón lleno de nuevo de su dorada y adorada caña cubana. Se olvidó del agua y mientras bajaba por su curtido gaznate un torrente de aquel sabroso y ardiente ron, el puñetero Bruno miró al cielo, no para dar las gracias a Dios sino para ver la posición del sol y calcular así la hora en que al día siguiente tendría que dejar caer la gota para que se repitiese el milagro. *

 

* No hubo tal milagro, el ron lo puso doña Juanita. Bruno pensaba repetir todo el proceso, blasfemia incluida. El relato no terminó así. El final censurado es el siguiente: Cuando Bruno terminó de perfilar in mente su maquiavélico plan, un tremebundo trueno hizo retemblar la tierra, luego un silencio como de muerte y en medio de aquel silencio aterrador se oyó una voz tonante que decía ¡¡No me toques los cojones, Bruno que ya está bien!!

 

 

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