EL FLEXO

 

La herida

 

Nayra Alonso

Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles
, 1 de abril de 2009] [09.00]

 

 

 

 

 

Cuando entré, el corazón me palpitaba a una velocidad de muerte. Había escuchado gritos y golpes desde la terraza, donde me hallaba tocando la guitarra, y entré en casa a toda prisa temiendo encontrar una escena como la que de hecho encontré. A mis padres, en el suelo del salón lanzándose los puños el uno al otro y toda clase de injurias. El hombro derecho de mi padre sangraba. Junto a ellos, como un siniestro bodegón, un cuchillo pequeño, un plato roto y cáscaras de fruta entre los trozos.

No sé qué pretendí, pero lo único que se me ocurrió fue coger la figura del escribiente de mármol que había sobre la mesita y lanzarla terriblemente contra nada, contra lo primero que encontrase en su trayectoria.

Esta, su trayectoria, resultó ser la siguiente: desde el salón al tapajuntas de la puerta de mi habitación. Resultado: el escribiente hecho gofio, el tapajuntas con una rotura limpia, un boquete del tamaño de una moneda en el borde externo de la madera, mis padres en pie, por fin, mirándome como dos criaturas espantadas, y yo gritando sin oírme.

Así es, convertida en grito, no me oía. Luego, cuando el ruido cesó, llegó la rabia, una rabia que de haberla vuelto contra mí misma hubiera hecho que me arrancase la carne a dentelladas hasta hacerme desaparecer. Fue el momento perfecto para que el suelo se abriera en una grieta no más grande que una moneda y me succionase.

Ya han pasado muchos años y algunas veces, sin saber qué me empuja, cuando me quedo a solas en casa de mis padres, voy al tapajuntas de la puerta de mi antigua habitación y paso el dedo por su herida.

 

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