Gabriel Martín
Ilustración de Felipe de la Cruz
[Martes, 3 de marzo de 2009] [09.00]
Trataba yo, un domingo por la tarde, de entender el sentido cósmico del universo absoluto, cuando, por casualidad, di por tropezar con todas las respuestas.
Iluminose entonces mi cerebro, así como quien no quiere la cosa, como un faro derrochante de luz cegadora. Conocía la solución a todas las incógnitas que llevaban milenios interrogando al hombre, llenándolo de zozobra e inquietud. No cabía ninguna duda: la fuerza creadora del cosmos infinito habíame designado como el líder y salvador que la humanidad precisaba.
Así pues, tuve a bien dotarme de un nombre pegadizo y atrayente, un vocablo a través del cual las masas a las que había de salvar se refiriesen a mí, y que fuese sinónimo, a la vez, de la grandeza de mi misión y de la humildad de mi persona. Decidí otorgarme el título de "Guía Supremo del Cosmos". Mi madre, con la que hasta el momento de mi revelación consultaba todo y con la que no iba a dejar de hacerlo por mucha mente preclara que yo poseyera, opinó que, si bien el título podía resultar ostentoso, era, como yo pretendía, la mar de pegadizo y atrayente. En consecuencia, con la aprobación de la "Gran Madre del Guía", resolví presentarme al mundo como "Guía Supremo del Cosmos", aunque los más íntimos, como mamá, podían seguir llamándome Manolito. Algo más tarde, el tío Alberto, que siempre ha tenido mucha perspicacia, descubrió que tomando las primeras sílabas de las palabras de mi nueva denominación, se formaba el acróstico "Guisucos". A todos nos pareció muy adecuado dado que yo iba a ser el cocinero del nuevo orden universal.
Conseguir acólitos se me hacía imprescindible para expandir mi mensaje. Allá donde no llegase mi voz, llegaría la de mis fieles seguidores; allá donde no llegase mi mano, ellos serían mi mano; si mis piernas no me bastasen, dispondría de sus piernas; y así, en resumen, con todas las partes de mi anatomía, excepto aquellas que, parecíame, nadie tenía que llevar a ninguna parte.
Aposteme, pues, en una esquina, ataviado con túnica blanca, símbolo de la pureza de mi misión, y comencé a proclamar al gentío mi mensaje, y ofrecime, a voz en grito, a dar cumplida respuesta a todos sus interrogantes. La gente, ávida de conocimiento, no tardó en ametrallarme con todas sus cuitas: "¿Qué haces ahí, pringao ?, ¿por qué no te callas?, ¿qué dice que vende?, ¿sabe, buen hombre, dónde hay una parada de taxis?". Éstas y muchas otras cuestiones fui desgranando a lo largo de aquel primer día de anunciación. Agotado y feliz, concluí aquella jornada viendo cómo se incrementaba el número de mis seguidores en un ciento por ciento. Llegué solo y marchábame seguido por mi primer discípulo: Ramonín; ejemplo claro de que la humanidad precisa un líder que le diga lo que necesita, porque, mientras yo le ofrecía la salvación para su alma, él insistía incansable en que le dejase un euro. Y así siguiome hasta mi casa, tirándome de la túnica y rogándome que no le apartase de mi luminiscencia a la voz de "pero no te vayas, tronco, dame el euraco". Si bien no le di el euro aquella noche, Ramonín durmió en el sofá de mi casa, y, viéndolo allí en tan plácido reposo, feliz por haberme encontrado, exclamé: "Tú eres Ramonín, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia", a lo que la "Gran Madre del Guía", práctica y sabia, agregó: "pues más te vale conseguir que se duche la piedra porque si no va a coger olor toda la iglesia".
Con la inestimable ayuda de Ramonín, que expandió mi verbo y la dirección de mi casa entre su círculo de amigos, el ejército de mis seguidores crecía día a día. Era abundante ya la cantidad de seres humanos, espiritualmente perdidos, que se acercaban a mi casa-santuario para ver mi luz, comer de mi alimento, dormir bajo mi techo, ver mi televisión y, los muy malditos, beberse mis pepsi colas -debilidad ésta por los refrescos de cola que me aqueja desde antes de mi revelación y que conservo como efervescente reliquia de un pasado oscuro-. Era yo, el guía, sustento material y espiritual de todas aquellas almas extraviadas, razón por la que en una de mis habituales prédicas, diome por decirles a los descarriados corderos de mi rebaño: "Ved, hermanos, cómo cuido de vosotros cual si fueseis lirios del campo"; frase que, al parecer, fue muy bien acogida porque, por un momento, dejaron de ver la televisión y beber cervezas, para responderme risueños y jubilosos: "para lirio tú, so capullo". Elevome hasta el infinito el alma ser comparado de esta manera con una joven flor, y motivome, pese a los arduos inconvenientes, a seguir adelante en mi empeño de difundir la verdad revelada.
Viendo la "Gran Madre" la necesidad de remediar aquella situación ruinosa, urgiome a solventar de alguna manera la actuación de mis seguidores, a los que ella más bien acostumbraba a denominar piara y no rebaño como era mi costumbre; y añadió también, colocándose en medio de mis fieles y usando una voz como de truenos divinos, que allí no seguía viviendo de gorra nadie, y que si no se ponían pronto a trabajar les iba a dar con la lámpara de mesa en la cabeza y que entonces sí que iban a saber lo que era ver la luz. Dicho esto, repartió entre mis recientes acólitos un pack completo de evangelización que había preparado el tío Alberto. A saber: unas octavillas informativas elaboradas en el ordenador, unas inmaculadas túnicas blancas y unos botes metálicos de galletas, con una ranura en la tapa, para la obtención de donaciones a la causa. Estableció la "Gran Madre" que aquel acólito que regresase a mi sancto santorum sin el bote lleno, demostraba no poseer apego a mi persona y no merecía, por lo tanto, pernoctar cerca del manantial de luz que yo representaba, y, así pues, moraría en la oscuridad eterna, o como mejor expresó mamá "se iría a la puta calle". La iniciativa tuvo un éxito inmediato, y quiso de esta manera la luz primigenia que acabasen por fin nuestras penurias económicas.
Dotados como estaban mamá y tío Alberto de una facilidad pasmosa para comprender los asuntos pecuniarios de la humana condición, no tardaron en abrir nuevas vías y fuentes de ingreso para la causa. Vime, por ejemplo, contestando al teléfono de una línea "ocho cero seis" a la que las personas necesitadas de luz llamaban esperanzadas en busca de respuestas, y podía yo, de esta manera, confortar su alma y a la par la mía, que también se regocijaba por la labor realizada. Como decía tío Alberto: "conforta, Manolito, conforta todo lo que quieras, y cuanto más rato confortes mucho mejor para todos". Al parecer, cuanto yo más confortaba nuestra situación era más confortable.
La publicidad realizada en distintas cadenas de televisión -al principio locales, regionales luego y nacionales más tarde-, dio también sabrosos frutos de los que la causa se abasteció hasta mucho más allá de quedar saciada. Envía un sms al "5567" poniendo "Luz" espacio "Guisucos" y recibirás una estampa virtual del "Guía Supremo"; o manda "Tono" o "Politono" espacio "Guisucos" y recibirás en un tu móvil el aviso de llamada con la voz del líder diciendo: "El Cosmos te llama, contesta hermano". Asimismo, muchas almas enfermas se fueron uniendo a la causa, y ésta, generosa y desinteresada como pocas, pedía, tan sólo por su bien, la renuncia a los bienes materiales que las esclavizaban y que, a partir de su ingreso, pasaban a formar parte de los recursos comunes que la "Gran Madre" y el "Gran Tío" administraban, soportando con ejemplar abnegación el peso de tal responsabilidad. Recuerdo de forma emotiva cuando una de aquellas almas perdidas se liberó de todas sus pertenencias para abrazar la causa, comentando entre sollozos: "me habéis dejado sin nada, no tengo ni para pagar el recibo de la luz, pero nunca estuve tan iluminado". Comentario éste que agradonos sobremanera y que decidimos incluir como slogan en la captación de nuevos adeptos, con lo que el acólito de la ocurrente frase pasó de ser un acólito anónimo más, a ser "responsable de marketing y comunicación", como lo llamaban mamá y el tío, o "propagador de luz" como gustábame denominarlo a mí.
Si grande era la satisfacción de orientar hacia la verdad a los atribulados y confundidos seres humanos que venían a mi persona, mayor era aún mi deleite cuando en vez de tratarse de atribulados se trataba de atribuladas. Proporcionar consuelo a las mujeres que ingresaban en la causa, ensalzábame el alma y el cuerpo de tal manera, que la ligera túnica que vestía era incapaz de ocultar lo mucho que me ensalzaba, y llegó un momento en que no quise más que consolar y consolar, hasta el punto de que algunos discípulos, los más antiguos y sin embargo los menos apegados en espíritu a la Luz primordial, propusieron cambiarme la denominación de "Guía Supremo" por la de "Gran Consolador". La iniciativa no prosperó, debido sobre todo a la oposición de la "Gran Madre" que afirmó que por nada del mundo pasaría ella a ser conocida como "Gran Madre del Gran Consolador", y agregó que los que habían promovido la propuesta se la podían meter por esa zona de la humana anatomía que ni siquiera mi luz es capaz de iluminar.
Viendo que mi entusiasmo por reconfortar mujeres era cada vez peor visto entre mis fieles del género masculino, diome por universalizar y generalizar entre mis acólitos las mismas prácticas de consuelo y confortación que yo utilizaba en privado, y preconicé entre todos ellos la necesidad de expresar sus impulsos físicos como bien tuvieran en gana, y establecí el disfrute y el gozo del alma a través del cuerpo, que si bien en los hombre era de carácter voluntario, entre las mujeres adquiría el grado obligatorio. Y sucedió que, al menos entre los acólitos masculinos, aquella medida fue recibida con elevado regocijo y, a mi entender, los del género femenino tampoco le hicieron ascos, que como dijo la "Gran Madre": "a nadie le amarga un dulce". No tan aplaudida, pero sí aceptada, fue mi voluntad de reservar para mi disfrute a algunas de las más jóvenes y bellas almas entre las féminas que a la causa llegaban, dándome por formar un grupo de vírgenes vestales cuya única misión era proporcionarme la paz y el descanso necesarios como líder supremo y luminoso que era; a lo que mamá, siempre práctica, apuntó que mucha virgen y mucha vestal, y mucha lo que yo quisiera, pero que no se me ocurriese consolar sin tomar precauciones que a saber dónde habían estado antes las vestales esas, y que no fuese yo a llenar el mundo de vestalitos brillantes.
Éste ha sido un somero repaso de la divina misión que me fue encomendada. La luz se extiende cada vez más, con lo que tío Alberto dice que dentro de nada saltaremos el charco y abriremos sucursales en América, y tiene apalabrada ya la compra de un jet privado para poder ir a expandir mi verbo más rápido aún. Los fieles están cada vez más felices y contentos, y todo son loas y alabanzas a mi persona, con lo que mamá está cada vez más orgullosa de su niño y dice, a quien la quiera oír: "fíjate Manolito, con lo tonto que parecía y mira donde ha llegado".
Y ahora, querida alma perdida, en este supremo momento, debo dar por sentado que, habiendo llegado hasta aquí, al igual que yo aquel lejano domingo por la tarde, has visto la bondad de la luz, has abierto tu alma y estás preparado para recibir la revelación que yo acepté hace ya tanto tiempo, y que eres digno, por tanto, de que comparta contigo esta sublime y única verdad que, como un fogonazo, se abrió paso en mi cerebro y dio nacimiento a la causa, la verdad inmutable que me fue revelada y que te permitirá hacer brillar siempre tu luz en este mundo oscuro: "espabila colega, que aquí el que no corre vuela, y el más tonto hace relojes".
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